"El hermano de uno murió por disparos de un francotirador cuando cruzaba la calle, la madre de otro, en un bombardeo; todo el mundo quiere contar todo sin esperar. Agitan sus teléfonos: '¡Chouf, chouf, mira!' Un cadáver cubierto de señales de torturas, otro con el cráneo hundido, otro en el que la cámara se detiene en cada herida, agujeros en la ingle, en la pierna, en el pecho, en la garganta. En todas partes me enseñan las mismas cosas... En Homs, cada teléfono es un museo de los horrores." JonathanLittell. Siria, al otro lado del espejo
Hace justo dos años, Loto preparaba entusiasmada, con lápiz HB nº2, sacapuntas y la guía Lonely Planet, el viaje que estos días lee en tinta de imprenta escupida desde las entrañas de quien supo, con maestría, penetrar en las suyas.
Prontó hará dos años, Loto conoció otro Homs y otra Siria. El primero, de pasada, buscando transporte en una terminal de autobús para cruzar, al revés que Littell, la frontera hacia Líbano. La segunda, en la breve profundidad que permite la pasión contenida tras un bigote o un hiyab, emborrachando los sentidos en las ancianas Damasco y Palmira.
Hace ya dos años que subrayaba con los ojos sonrientes. Hoy prefiere no resaltar nada ¿para qué? Sólo lee, con la sonrisa triste de la envidia agradecida y el hígado machacado por la rabia de saber que no podría volver y, aunque pudiera... el viaje ya no sería sino su inversa.
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