Una mirada y el milagro se produjo. Recuerdo sus gafas de montura metalizada, su sonrisa mofletuda y la túnica blanca que dejaba adivinar un estómago satisfecho. Una mirada y Francisco y yo nos habíamos convertido en las mitades de una naranja. Sin pasado, sin contacto, sin sexo... sólo el sentimiento profundo de pertenencia y la complicidad de siglos que nunca existieron.
Ambos sabíamos que no iba a ser sencillo, que determinados tabúes pesan demasiado como para aventurar futuro. Pero Francisco, valiente frente a mis miedos, me convenció de que podía romperlos.
Hasta que la insaciable voracidad del voyeurismo y cotilleo nacional... se cargó nuestra historia sin pretérito. Alguien se enteró de lo nuestro y la noche en la que yo regresaba a casa tras el último encuentro -sin pasado ni contacto ni sexo- una melé de cámaras, grabadoras, flashes y micrófonos arrinconó mis afectos. El amor se evaporó cuando mi televisor reprodujo, en Sálvame DeLuxe (como quiera que se escriba) la imagen de mi misma negando como negó Pedro.
"Francisco: perdóname -le dije al teléfono- pero no puedo"
La crítica feroz, gratuita, envidiosa y malvada de aquellos personajillos, que no entendían que él me hubiera elegido ¡y mi cobarde incapacidad para soportarlo! pusieron fin al affaire sin pasado -ni contacto, ni sexo- que anoche tuve con el Papa Francisco.
(menos mal)
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15 de mayo de 2013
19 de diciembre de 2012
Sueño LIII: Donde el amor no se puede
Era una nevera. No hubiera podido elegir sitio peor para el 4, el día que
marcaría el antes y el después. Se había estropeado la calefacción del
bistró de la librería en la que habían quedado para reconocer lo que sólo
habían imaginado. Él no acertaba las teclas del MAC con los dedos rígidos por
el frío. Ella escondía las manos –y el temblor- en una bufanda enrollada. Se
hablaron con los ojos fijos en la pantalla del ordenador. El reconocimiento se
limitó a sus voces y a un fugaz roce, brazo contra pecho, delicada y efímera fricción. Un café, dos paseos, cuatro cañas y tres tropezones más tarde, todo
terminó en Salidas de la T1. Según despegaba su avión, todo había vuelto al
lugar en el que estuvo hasta ese día y en el que –entonces creía- el amor era
posible: el de la realidad que no es.
Pasaron el 5, el 6 y el 8 soñando diseños y confidencias. El 11 y el 13 imaginando promesas. El 14, el 15, el 16, intercambiando imágenes, números, notas. El 18...
Pasaron el 5, el 6 y el 8 soñando diseños y confidencias. El 11 y el 13 imaginando promesas. El 14, el 15, el 16, intercambiando imágenes, números, notas. El 18...
Atardecía en Madrid y ella iba a pasar la noche sola. La nevera vacía, tras
una ducha rápida se calzó Converse y vaquero y se acercó a la frutería de
Manolo a por unos tomates, lechuga y un par de manzanas. Cargada con la frugal
cena se encaminó de vuelta a casa cuando algo la detuvo en seco frente al
ventanal del bar de la esquina. Las manos no pudieron sostener la bolsa.
Rodaron las verduras por la acera. Detrás del cristal, sentado solo en una
pequeña mesa, él hacía dibujos con el dedo sobre el vaho de un vaso de whisky
helado.
De pié, uno frente a otro, los 7 grados de la calle eran una brisa cálida de finales de junio cuando subieron a casa. ¿Para qué las palabras? Bastaban sus ojos en los ojos del otro. Sólo sus oídos deleitándose con la hondura de cada suspiro entrecortado y el sonido del apetito común. Sobraba con la piel y el calor de los cuerpos; con el vestido de sus tatuajes y la luz de las velas que teñían de color pajizo el blanco edredón. La ropa tirada en el suelo, sólo quedó sobre la silla del balcón un regalo: la camiseta verde que él traía puesta para ella.
De pié, uno frente a otro, los 7 grados de la calle eran una brisa cálida de finales de junio cuando subieron a casa. ¿Para qué las palabras? Bastaban sus ojos en los ojos del otro. Sólo sus oídos deleitándose con la hondura de cada suspiro entrecortado y el sonido del apetito común. Sobraba con la piel y el calor de los cuerpos; con el vestido de sus tatuajes y la luz de las velas que teñían de color pajizo el blanco edredón. La ropa tirada en el suelo, sólo quedó sobre la silla del balcón un regalo: la camiseta verde que él traía puesta para ella.
Entonces se conocieron despacio, sin prisas, acariciándose primero con la
yema de los dedos, descubriéndose palmo a palmo con las manos y rozándose con
los labios después. Ella saboreó la tinta de su nuca y sus muñecas. Él gozó de
su boca y de la cicatriz azul de su cadera. Pequeños bocados de deseo que
convirtieron las ganas en incendio cuando no quedaba más que un rincón por
aprender. Ella derretida, él levantado en roca, se abandonaron sobre las cálidas
plumas doradas por la ardiente cera. Lentamente aún, sin premura, él descubrió
milímetro a milímetro su profundidad. Fue en la primera, la más prolongada, la
más suave fusión. Incursión dócil a la que siguieron oleadas cada vez más deliciosas e intensas que multiplicaron por mil el aleteo de las mariposas verdes escapadas de su bajo vientre e instaladas en el desbocado pecho de él. Y a cada latido
y a cada batir de alas, se embrutecieron las acometidas cubiertas de sudor que
los iban disolviendo en uno, que los diluían en un cuerpo a punto de morir de delirio
y placer cuando se vertieron sincronizados en un momento único, irrepetible, perfecto.
Abrazados, durmieron difuminados en una caricia paralizada y perpetua.
Al salir el sol, notó que bajo la sábana ya nadie sujetaba sus pies. Se
levantó y susurró su nombre, con la voz de cazalla del despertar, en el baño, en
el salón, en la cocina. Cuando volvió al dormitorio miró el edredón, de nuevo
blanco; no había ropa en el suelo ni camiseta verde en la silla del balcón. Entonces
comprendió. Sólo había sido un sueño… delicioso, incendiado, dulce,
brutal, pero un sueño otra vez. Todo había vuelto de nuevo a ese jodido lugar en el que el amor no se puede: el
de la realidad hipotética, virtual... el de la realidad que no es.
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12 de septiembre de 2012
Sueño LI: Lo guardo para mí...
...porque ha sido intenso como pocos, desbordante, saturador; porque he disfrutado, reído ¡llorado! y porque me he dejado asombrar; porque, durmiendo, he estado más viva que nunca y el despertar ha sido un atraco a punta de pistola contra la pasión; y, sobre todo ¡sobre todo! porque no consigo acordarme de lo que soñé.
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7 de agosto de 2012
Sueño L: La pesadilla del periodismo espectral
Seminario periodístico en una casona de paredes de piedra
gris y lúgubres pasillos de cemento. Loto ha preferido quedarse en la habitación de la segunda
planta que comparte con sus dos queridas amigas de facultad mientras ellas
asisten, en el sótano, a un curso sobre la importancia de contrastar la
información antes de soltarla.
Aguarda organizando la ropa de su maleta cuando un agujero
comienza a abrirse entre las camas dejándole ver, bajo un creciente remolino de
bruma, lo que está ocurriendo en la bodega. ¡Horror! Allí no hay periodistas
sino siniestros sacerdotes ataviados con largas y sobrecogedoras túnicas,
oficiantes de una misa negra que pretende robar el alma a sus
compañeras. ¡Y ellas sonríen sin darse
cuenta!
Loto esquiva de un salto el agujero espectral y baja
apresurada las escaleras mientras se le corta la respiración al sentir como
extraños entes sin cuerpo rozan su piel erizándole el vello. Quieren impedirle que llegue hasta las chicas. Aterrorizada se zafa del fantasmagórico abrazo y consigue alcanzar la planta subterránea. Al fondo, sobre la puerta que da acceso al
cursillo, ha aparecido un cáliz dorado sangrante. El miedo se convierte en pavor.
Loto no puede mover el brazo para colocar su mano sobre el pomo y entrar. El terror la ha convertido en piedra. Trata
de gritar pero también se ha congelado su garganta. Y cuando una lágrima de
frustración y pánico comienza a caer por
su mejilla… ¡ea! la rubia y la morena
salen tan pichis por la puerta, comentando entre risas lo interesante de la
clase periodística.
Aterrador... pero no tanto como tratar de convencer a la pareja recién desalmada de que no habían sido imaginaciones suyas, de que había ocurrido en realidad,
de que el buen periodismo… es ya pura fantasía.
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20 de junio de 2012
Sueño XLIX: Pesadilla contemporanea
Esta noche se ha quedado vacía la empresa.
Nos han despedido a todos... A todos ¡menos al jefe!
- Ya
- Vale
- Se veía venir
La pesadilla ha comenzado cuando, conscientes de que no había plan B, se han revolucionado histéricas las neuronas, atrapadas en la habitación oscura de humedad asfixiante, paredes forradas de yedra salvaje y suelo acolchado de hierba silvestre.
Qué agobiante el think tank neuronal:
¿Cómo como? ¿cómo comemos? ¿Cómo coño voy a dar de comer?
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Nos han despedido a todos... A todos ¡menos al jefe!
- Ya
- Vale
- Se veía venir
La pesadilla ha comenzado cuando, conscientes de que no había plan B, se han revolucionado histéricas las neuronas, atrapadas en la habitación oscura de humedad asfixiante, paredes forradas de yedra salvaje y suelo acolchado de hierba silvestre.
Qué agobiante el think tank neuronal:
¿Cómo como? ¿cómo comemos? ¿Cómo coño voy a dar de comer?
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21 de marzo de 2012
Sueño XLVIII: La lluvia se llevó el nido
Has vuelto esta noche. Con la camisa de cuadros arremangada a la altura del bíceps y una sonrisa tan limpia como la de siempre. Y te lo has currado. Has pintado conmigo, has limpiado, has cargado, has montado, has colgado… conmigo. Hemos dado otro aire, con la ayuda de una prestigiosa decoradora gafapasta, a la casa sesentera de mi madre, nuestra casa. Hemos tirado los sofás de escay y los cuadros de marco dorado y paisaje ilocalizable; hemos cambiado la colcha de guatiné por una manta blanca de lana y las lámparas de lágrimas por velas blancas; hemos cubierto la pared con dos alfombras de esparto marroquí… pero no ha habido forma de deshacerse de la mesa camilla. La retirábamos y volvía a aparecer, antigua y roja.
De madrugada, la lluvia se ha llevado el sueño y ha enterrado el nido en la tierra mojada. Después, con los ojos como platos, me he devanado los sesos pensando cómo se corta la masa de hojaldre para que al enrollarla te salga un cruasán.
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De madrugada, la lluvia se ha llevado el sueño y ha enterrado el nido en la tierra mojada. Después, con los ojos como platos, me he devanado los sesos pensando cómo se corta la masa de hojaldre para que al enrollarla te salga un cruasán.
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24 de febrero de 2012
Sueño XLVII: El que no sé si quiero escribir
Aparcamos junto al ventanal sin cristales de la cuarta planta del parking.
Él salió del coche y, con la valentía de quien no sabe de peligros, se puso a jugar en el quicio del precipicio.
Le llamé la atención -¡ten cuidado!- mientras cerraba el coche.
Y, cuando me acerqué para alejarlo de la caída, me miró con su linda carita y me dedicó su mejor sonrisa.
Después... cayó.
En otro mal sueño habría despertado antes de que tocara el suelo.
En este… no.
Alargué mi mano hacia su mano... pero sólo tuve tiempo de verlo caer.
Y lo ví estamparse contra la acera.
Y escuche el impacto
Y sentí el golpe en mis vísceras.
Desde arriba, lo amé roto boca abajo.
Insufrible, antes de que la incapacidad para seguir sufriendo
me devolviese a la vigilia al fin, fue el esfuerzo de su último aliento.
La última energía que empleo en girarse…
…para volver a dedicarme, desde abajo y con su linda carita intacta, su sonrisa mejor.
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Él salió del coche y, con la valentía de quien no sabe de peligros, se puso a jugar en el quicio del precipicio.
Le llamé la atención -¡ten cuidado!- mientras cerraba el coche.
Y, cuando me acerqué para alejarlo de la caída, me miró con su linda carita y me dedicó su mejor sonrisa.
Después... cayó.
En otro mal sueño habría despertado antes de que tocara el suelo.
En este… no.
Alargué mi mano hacia su mano... pero sólo tuve tiempo de verlo caer.
Y lo ví estamparse contra la acera.
Y escuche el impacto
Y sentí el golpe en mis vísceras.
Desde arriba, lo amé roto boca abajo.
Insufrible, antes de que la incapacidad para seguir sufriendo
me devolviese a la vigilia al fin, fue el esfuerzo de su último aliento.
La última energía que empleo en girarse…
…para volver a dedicarme, desde abajo y con su linda carita intacta, su sonrisa mejor.
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13 de diciembre de 2011
El sueño de otro
Llegó a la gasolinera con su bicicleta. No llevaba escafandra ni chichonera. Sólo unas bermudas y unas chanclas marcaban el paso del buzo. LLevaba una sonrisa que regaló al cielo después de constatar aquel azul tan intenso. La superficie vacía y el aire espeso. Le pidió al guardián del surtidor que le echase algo de combustible, un líquido que, como un batido de fresa, corría por una larga pajita que terminaba en el manillar de la bici. Tras el servicio, solo le separaba de la carretera una visita a la oficina para saldar la cuenta.
Al abrir la puerta encontró un bar de los años 60, con una máquina de música, olor a café recién hecho y una camarera con uniforme de azafata de una compañía aérea. No, no era de la PAN AM, ni de Air Europa, pero llevaba su gorrito caído como “el che”. Ella le vio. Él lo vio venir. Vino poco a poco hasta la barra. No pidió nada. Se miraron un rato… otro, uno más. Ella le marcó la puerta con un gesto mientras sujetaba un cigarro y un mechero en su mano. Él entendió perfectamente que quien le había robado la mirada en un instante le quería de acompañante hasta el final del pitillo.
Al salir no había nada salvo la inmensidad. Ella le puso la mano en el hombro y le marcó el horizonte. Al final de su dedo índice se abrió un desierto de grandes dunas. Las crestas se movían de un lado al otro en una coreografía interminable. El viento golpeaba sus caras y el sol les invitó a mirarse. Sus ojos se cruzaron mientras que el tiempo se detuvo. Solo hubo silencio. El cigarro se consumió sin catar los labios, hasta caer al suelo. Él pasó su mano por la cara de Loto, un nombre que no era inventado, estaba grabado en su uniforme. Con el tacto de sus dedos por su mejilla una sonrisa se fue dibujando poco a poco. Ella buscó con su mano la de él hasta encontrase. Acercaron sus cuerpos. Él sintió el nudo en el estómago. La aguja del amor se clavó en lo más profundo de sus entrañas. Los ojos de ella decían sentir ese rugido.
Del “más allá” surgió una voz infantil, una voz de una niña: “Papa, agua…papa, agua…” El buzo apretó los ojos para no perder ese momento irrepetible. Abrazó a Loto con todas sus fuerzas. Se negó a perder un sueño para una vida, un tren sin más paradas. En ese momento, mientras susurraba un "no me sueltes", sintió la fina boca de Loto junto a su oído… y unas palabras: “no dejaré que despiertes”.
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Al abrir la puerta encontró un bar de los años 60, con una máquina de música, olor a café recién hecho y una camarera con uniforme de azafata de una compañía aérea. No, no era de la PAN AM, ni de Air Europa, pero llevaba su gorrito caído como “el che”. Ella le vio. Él lo vio venir. Vino poco a poco hasta la barra. No pidió nada. Se miraron un rato… otro, uno más. Ella le marcó la puerta con un gesto mientras sujetaba un cigarro y un mechero en su mano. Él entendió perfectamente que quien le había robado la mirada en un instante le quería de acompañante hasta el final del pitillo.
Al salir no había nada salvo la inmensidad. Ella le puso la mano en el hombro y le marcó el horizonte. Al final de su dedo índice se abrió un desierto de grandes dunas. Las crestas se movían de un lado al otro en una coreografía interminable. El viento golpeaba sus caras y el sol les invitó a mirarse. Sus ojos se cruzaron mientras que el tiempo se detuvo. Solo hubo silencio. El cigarro se consumió sin catar los labios, hasta caer al suelo. Él pasó su mano por la cara de Loto, un nombre que no era inventado, estaba grabado en su uniforme. Con el tacto de sus dedos por su mejilla una sonrisa se fue dibujando poco a poco. Ella buscó con su mano la de él hasta encontrase. Acercaron sus cuerpos. Él sintió el nudo en el estómago. La aguja del amor se clavó en lo más profundo de sus entrañas. Los ojos de ella decían sentir ese rugido.
Del “más allá” surgió una voz infantil, una voz de una niña: “Papa, agua…papa, agua…” El buzo apretó los ojos para no perder ese momento irrepetible. Abrazó a Loto con todas sus fuerzas. Se negó a perder un sueño para una vida, un tren sin más paradas. En ese momento, mientras susurraba un "no me sueltes", sintió la fina boca de Loto junto a su oído… y unas palabras: “no dejaré que despiertes”.
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29 de noviembre de 2011
Sueño XLVI: Dulzura de Western
Invitada por su maestro, Loto adolescente acude a una fiesta de temática Western. Se celebra en una vasta finca boscosa de no sabe qué sierra.
Cariñoso como siempre, aunque hipócrita como nunca, saluda el maestro. Más cariñoso –y sincero- se presenta el homenajeado: el más que maduro hermano mayor.
Se divierten por grupos. Junto al padre, Loto disfruta del vuelo de coches planos de madera que giran unidos por el cielo en sorprendente acrobacia; se sorprende con la tormenta; se empapa en la cascada purificadora que cae cuando se derrumba el techo de la carpa a rayas que hace las veces de cine. Se sacia con la intrigante comida que se ofrece en una aún más intrigante cantina.
Entonces escapa… con el maduro hermano mayor.
En el establo suben a una tabla recta que cuelga, sujeta con dos maromas, del techo. Como a la grupa de un caballo, con las piernas colgando, se sientan uno frente al otro y se balancean… como en un columpio. Y, en cada balanceo, rejuvenecen las facciones de su compañero. Y, a cada oscilación, crece y se oscurece su pelo… antes corto y cano, ahora largo y negro. Y, con el movimiento, se abre la camisa a cuadros de Loto que deja asomar la turgencia. Y, en cada vaivén, él aprovecha para acariciarla… despacio… con el miedo de la adolescencia... y...
..y el jodido despertador sonó hoy más pronto que nunca!
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21 de noviembre de 2011
Sueño XLV: Desespperanza onírica
Soñó que sabía que volvería a pasar y que estaba preparada para afrontar lo que habría de ocurrir. Soñó una punzada igual de hiriente cuando, lo que sabía que sucedería, sucedió. Lo que no esperaba, la bofetada más insospechada y cruel le durmió la mejilla cuando se percató de que no había sido un sueño.
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7 de octubre de 2011
Sueño XLIV: ReDream
I dreamed that I tossed off dreaming you were making me love. When I woke up, I had to toss off trying to remember the dream about how I tossed off while dreaming you were making love to me.
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12 de septiembre de 2011
Sueño XLIII: La película de anoche tuvo la culpa
Con el placentero abotargamiento de una cena en un exótico restaurante de las afueras de la ciudad y el cansancio de varias carreras en una piscina-rosquilla, Loto y Mikiki quieren regresar a su alojamiento en la medina. Toman el único taxi que se acerca hasta el lugar después de que dos ejecutivos de traje diplomático y maletín negro les cedan el coche que llega con copiloto de aspecto poco fiable.
Suben. Antes de llegar a destino, el taxista pide 28 euros por un trayecto de 3. La adormidera protesta. Interviene, agresivo, el amigo. Mal rollo en el paraiso del bienestar. ¡Y no sólo quiere dinero la pareja!
Loto agarra a Mikiki. Salen a la carrera. Escapan corriendo de la mano por las callejuelas y azoteas de la medina hasta que algo les separa. Ella grita el nombre del niño. No lo ve. Al escuchar el grito, el niño piensa que su mamá, en peligro, ha tomado la única escapatoria posible desde el último ático: el vacio. Y en ese convencimiento, para estar con ella, el pequeño salta también. Y ella, desde arriba, lo ve saltar. Y trata de gritar su nombre para que no lo haga cuándo el niño ya ha empezado a caer. Y la voz no sale. Y lo vuelve a intentar. Pero sigue sin salir la voz… hasta que la angustia le saca del mal sueño y le regala la evidencia:
¡Qué jodido es querer tanto… pero cuánto más jodido es saberse tan necesario y querido!
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Suben. Antes de llegar a destino, el taxista pide 28 euros por un trayecto de 3. La adormidera protesta. Interviene, agresivo, el amigo. Mal rollo en el paraiso del bienestar. ¡Y no sólo quiere dinero la pareja!
Loto agarra a Mikiki. Salen a la carrera. Escapan corriendo de la mano por las callejuelas y azoteas de la medina hasta que algo les separa. Ella grita el nombre del niño. No lo ve. Al escuchar el grito, el niño piensa que su mamá, en peligro, ha tomado la única escapatoria posible desde el último ático: el vacio. Y en ese convencimiento, para estar con ella, el pequeño salta también. Y ella, desde arriba, lo ve saltar. Y trata de gritar su nombre para que no lo haga cuándo el niño ya ha empezado a caer. Y la voz no sale. Y lo vuelve a intentar. Pero sigue sin salir la voz… hasta que la angustia le saca del mal sueño y le regala la evidencia:
¡Qué jodido es querer tanto… pero cuánto más jodido es saberse tan necesario y querido!
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19 de julio de 2011
Sueño XLII: Una invención sin fin
Una carretera vacía, desierta, sin curvas. Una línea recta sin final visible y un horizonte llano de los que dejan adivinar, sin necesidad de teorías, que la Tierra es redonda. En los flancos, vastos prados de trigo verde oscurecido por un cielo encapotado que esconde el sol. No hay nadie. No hay casas. Ni animales. No hay nada.
Descalza, con un vaporoso vestido de transparente gasa blanca, Loto camina siguiendo la línea discontinua rumbo a no sabe qué lugar. Lleva horas, quizás días. Sólo carretera, praderas y el horizonte curvado del planeta.
De repente, entre las rayas, una moneda rompe la monotonía de la marcha. Es oscura, como de plata sucia, parece muy pesada. La adormidera levanta un poco el bajo de la falda para agacharse a recogerla. Pero entonces, como en un simplón programa de cámara oculta, la moneda avanza, se desplaza un metro en la dirección de su caminar. Loto mira al frente; no hay nadie. Si estuviera sujeta por un hilo ¿quién podría tirar de ella? Observa a derecha e izquierda: sólo el oleaje verde del cereal mecido por el viento. Recoge otra vez la gasa del vestido, da dos pasos cortos hacia adelante y se vuelve a agachar. Alarga el brazo muy despacio, como para no asustarla, y, cuando sus dedos ya están a punto de rozar el metal, la vieja moneda hace un rasss al arrastrarse por el asfalto y avanza en línea recta un metro más. Nadie delante, nadie a los lados, nadie detrás. El juego no va terminar nunca –piensa- pero la moneda es la única novedad del camino y lo intenta por tercera vez: dos pasos, se escapa un metro. Y una cuarta. Los pasos se alargan, se transforman en carrera y se convierte en continua la huida de la inalcanzable plata vieja... a la que nunca llega…
…porque no tiene final. Y aunque podría inventarlo, igual que inventó el sueño, Loto prefiere que sea como la carretera: infinito, sin curvas y con un horizonte como los que dejan adivinar, sin necesidad de teorías, que la Tierra es redonda.
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Descalza, con un vaporoso vestido de transparente gasa blanca, Loto camina siguiendo la línea discontinua rumbo a no sabe qué lugar. Lleva horas, quizás días. Sólo carretera, praderas y el horizonte curvado del planeta.
De repente, entre las rayas, una moneda rompe la monotonía de la marcha. Es oscura, como de plata sucia, parece muy pesada. La adormidera levanta un poco el bajo de la falda para agacharse a recogerla. Pero entonces, como en un simplón programa de cámara oculta, la moneda avanza, se desplaza un metro en la dirección de su caminar. Loto mira al frente; no hay nadie. Si estuviera sujeta por un hilo ¿quién podría tirar de ella? Observa a derecha e izquierda: sólo el oleaje verde del cereal mecido por el viento. Recoge otra vez la gasa del vestido, da dos pasos cortos hacia adelante y se vuelve a agachar. Alarga el brazo muy despacio, como para no asustarla, y, cuando sus dedos ya están a punto de rozar el metal, la vieja moneda hace un rasss al arrastrarse por el asfalto y avanza en línea recta un metro más. Nadie delante, nadie a los lados, nadie detrás. El juego no va terminar nunca –piensa- pero la moneda es la única novedad del camino y lo intenta por tercera vez: dos pasos, se escapa un metro. Y una cuarta. Los pasos se alargan, se transforman en carrera y se convierte en continua la huida de la inalcanzable plata vieja... a la que nunca llega…
…porque no tiene final. Y aunque podría inventarlo, igual que inventó el sueño, Loto prefiere que sea como la carretera: infinito, sin curvas y con un horizonte como los que dejan adivinar, sin necesidad de teorías, que la Tierra es redonda.
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15 de junio de 2011
Sueño XLI: Entierro por dos
Semanas de desmemoria onírica y cuando reaparece el sueño… ¡vuelve la pesadilla!
Envuelta en lino blanco, delicado, con delicadeza y con mimo esta noche ha vuelto a enterrar a su madre. Envuelto en tela de saco amarillento, sonó un crash al enterrar al abuelo de su padre; se desintegró la osamenta del cascado bisabuelo al que, sin haber saludado nunca, dijo adios por primera vez. Mucho color negro en el escenario selvático plagado de caras conocidas –algunas queridas, la mayoría no- a las que no quería ver. Se ha ido para no tener que verlas; ha huido a la cima de una montaña, una cumbre sobre las nubes, con una casita de muñecas de plástico rosa para las niñas.
Semanas de amnesia y no ha podido escapar del mal sueño ni siquiera en la vigilia. Las primeras luces del día le han devuelto la pesadilla cuando se ha topado con una de esas caras conocidas que no quería ver: la mujer del hermano del marido de la hermana de su madre...¡en la puerta del cole!
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Envuelta en lino blanco, delicado, con delicadeza y con mimo esta noche ha vuelto a enterrar a su madre. Envuelto en tela de saco amarillento, sonó un crash al enterrar al abuelo de su padre; se desintegró la osamenta del cascado bisabuelo al que, sin haber saludado nunca, dijo adios por primera vez. Mucho color negro en el escenario selvático plagado de caras conocidas –algunas queridas, la mayoría no- a las que no quería ver. Se ha ido para no tener que verlas; ha huido a la cima de una montaña, una cumbre sobre las nubes, con una casita de muñecas de plástico rosa para las niñas.
Semanas de amnesia y no ha podido escapar del mal sueño ni siquiera en la vigilia. Las primeras luces del día le han devuelto la pesadilla cuando se ha topado con una de esas caras conocidas que no quería ver: la mujer del hermano del marido de la hermana de su madre...¡en la puerta del cole!
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9 de mayo de 2011
Sueño XL: Disfrute volcánico
Una isla flotante; un trozo de tierra de forma alargada que se mueve a la deriva, sin rumbo, en el mar.
Es árida pero bella, como la compañía de Loto.
La isla se para. Ha encallado frente a un iceberg sin hielo, una especie de cono de tierra que Loto y compañía observan desde un mirador con barandilla, sorprendidos por el stop.
La sorpresa se transforma en estupefacción cuando el cono comienza a escupir fuego y piedras en dirección vertical ¡Qué espectáculo! Loto no puede quitar los ojos de ese chorro infernal que se alza desde el témpano de tierra con la furia de una Coca-Cola abierta después de agitar la botella. “Escapemos” –le chillan- pero ya es presa del fuego que la hipnotiza, sierva del volcán que la mantiene narcotizada, paralítica, sin pestañear…
…hasta que un pedrolo del tamaño de un televisor de 32 pulgadas cae a escasos centímetros. Loto corre; su compañía corre; los habitantes de la isla corren, pero ¿hacia dónde? ¿dónde ir?
En ese momento irrumpe en el sueño un héroe, un antiguo jefe, el mejor que conoció. Lleva un mortero que carga con misiles anti-volcanes. ¡Se lo está pasando genial! Loto se apunta y dispara hacia el cielo... La munición inteligente cae directamente en el interior del cono.
El fuego se apaga, poco a poco… El iceberg deja de escupir. La isla vuelve a navegar sin rumbo, a la deriva en el mar. Loto vuelve al mirador. Desde su barandilla, despierta a salvo... pero extraña el narcotizante espectáculo del volcán.
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Es árida pero bella, como la compañía de Loto.
La isla se para. Ha encallado frente a un iceberg sin hielo, una especie de cono de tierra que Loto y compañía observan desde un mirador con barandilla, sorprendidos por el stop.
La sorpresa se transforma en estupefacción cuando el cono comienza a escupir fuego y piedras en dirección vertical ¡Qué espectáculo! Loto no puede quitar los ojos de ese chorro infernal que se alza desde el témpano de tierra con la furia de una Coca-Cola abierta después de agitar la botella. “Escapemos” –le chillan- pero ya es presa del fuego que la hipnotiza, sierva del volcán que la mantiene narcotizada, paralítica, sin pestañear…
…hasta que un pedrolo del tamaño de un televisor de 32 pulgadas cae a escasos centímetros. Loto corre; su compañía corre; los habitantes de la isla corren, pero ¿hacia dónde? ¿dónde ir?
En ese momento irrumpe en el sueño un héroe, un antiguo jefe, el mejor que conoció. Lleva un mortero que carga con misiles anti-volcanes. ¡Se lo está pasando genial! Loto se apunta y dispara hacia el cielo... La munición inteligente cae directamente en el interior del cono.
El fuego se apaga, poco a poco… El iceberg deja de escupir. La isla vuelve a navegar sin rumbo, a la deriva en el mar. Loto vuelve al mirador. Desde su barandilla, despierta a salvo... pero extraña el narcotizante espectáculo del volcán.
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14 de abril de 2011
Sueños XXXIX: Los Rolling en el recuerdo de lo que no ocurrió
El concierto se celebra en una pequeña calle entre Preciados y El Carmen.
¡Los Rolling vuelven a Madrid!
Preparado, sobre unos tablones de madera, un pequeño escenario de 5 por 2 metros. Loto está acreditada y espera, desde el alba, tras la valla amarilla que la policía ha instalado para la prensa. Lleva chaleco anti-balas, como su amor: un policía antidisturbios que aguarda, junto a ella, la llegada de público y protagonistas.
Pero nadie llega al centro.
Loto y su chico amenizan la espera recordando otro día de primavera. Un día, en un vasto lago del Valle libanés de la Bekaa, que la pareja visitaba con los niños. Sentados en la orilla, les entretenía la observación de cuatro melenudos en pañales que compartían una pastilla de jabón de aceite y sosa con el agua a la altura de la rodilla. No había nadie más en aquel lugar. Nadie más que Loto, su amor, la prole y los cuatro del aseo. ¡Qué sorpresa cuando descubrieron que se trataba de Richards, Watts, Wood y Jagger que, igual de asombrado, les comentó al salir del agua: “Oh, it´s so many children for a so young couple!”. Sonriendo con la evocación, y de vuelta a la realidad, la periodista y el antidisturbios siguen esperando que arranque el concierto.
Pero sigue sin llegar nadie al centro.
No hay público.
No suena la música.
Aguardando despierta Loto. Y, al despertar, el lago libanés, el concierto de los Rolling, su amor y los niños se han convertido en un recuerdo fresco en la memoria de lo que nunca sucedió.
¡Los Rolling vuelven a Madrid!
Preparado, sobre unos tablones de madera, un pequeño escenario de 5 por 2 metros. Loto está acreditada y espera, desde el alba, tras la valla amarilla que la policía ha instalado para la prensa. Lleva chaleco anti-balas, como su amor: un policía antidisturbios que aguarda, junto a ella, la llegada de público y protagonistas.
Pero nadie llega al centro.
Loto y su chico amenizan la espera recordando otro día de primavera. Un día, en un vasto lago del Valle libanés de la Bekaa, que la pareja visitaba con los niños. Sentados en la orilla, les entretenía la observación de cuatro melenudos en pañales que compartían una pastilla de jabón de aceite y sosa con el agua a la altura de la rodilla. No había nadie más en aquel lugar. Nadie más que Loto, su amor, la prole y los cuatro del aseo. ¡Qué sorpresa cuando descubrieron que se trataba de Richards, Watts, Wood y Jagger que, igual de asombrado, les comentó al salir del agua: “Oh, it´s so many children for a so young couple!”. Sonriendo con la evocación, y de vuelta a la realidad, la periodista y el antidisturbios siguen esperando que arranque el concierto.
Pero sigue sin llegar nadie al centro.
No hay público.
No suena la música.
Aguardando despierta Loto. Y, al despertar, el lago libanés, el concierto de los Rolling, su amor y los niños se han convertido en un recuerdo fresco en la memoria de lo que nunca sucedió.
4 de abril de 2011
Sueño XXXVIII: Todo jodido. Nada preocupante
RELUCIENTE... el coche vuelve a ser de color negro ¡y brilla! Quince días de taller borraron los arañazos, las abolladuras. Ya no cuelga la matrícula delantera y el retrovisor de la derecha vuelve a mostrarle lo que viene por detrás.
SUTIL… aparca con mimo y delicadeza en la planta menos dos del lugar en el que se está cociendo todo, en el momento en el que todo se cuece. Quizás no sea oportuna, pero necesita sus papeles. Tiene que hablar con "el de las cuentas".
NERVIOSA… abre la puerta para salir, cuando un desconocido, alguien a quien nunca vio por allí, se sube alterado al todoterreno aparcado a su lado. Viene de cocerse, cocido. Y arranca brutal, sin miramientos, llevándose por delante el parachoques del recién reestrenado coche… que, todavía negro, ahora sufre una oscura mutilación de pronóstico grave.
ASQUEROSO... el irritado e irritante conductor, un machote de los que piensan que el vehiculo es una prolongación de su pene, baja del toro mutilador para exigirle los papeles del seguro a Loto ¡El muy capullo pretende responsabilizarla del golpe!
DOLIDA… despierta. Y, tras la ingesta de un Lexatín para calmar impotencia y frustración, reflexiona: cuando todo estaba jodido, no había de qué preocuparse. Mejor que todo esté jodido. Así, no importa si se jode un poco más.
SUTIL… aparca con mimo y delicadeza en la planta menos dos del lugar en el que se está cociendo todo, en el momento en el que todo se cuece. Quizás no sea oportuna, pero necesita sus papeles. Tiene que hablar con "el de las cuentas".
NERVIOSA… abre la puerta para salir, cuando un desconocido, alguien a quien nunca vio por allí, se sube alterado al todoterreno aparcado a su lado. Viene de cocerse, cocido. Y arranca brutal, sin miramientos, llevándose por delante el parachoques del recién reestrenado coche… que, todavía negro, ahora sufre una oscura mutilación de pronóstico grave.
ASQUEROSO... el irritado e irritante conductor, un machote de los que piensan que el vehiculo es una prolongación de su pene, baja del toro mutilador para exigirle los papeles del seguro a Loto ¡El muy capullo pretende responsabilizarla del golpe!
DOLIDA… despierta. Y, tras la ingesta de un Lexatín para calmar impotencia y frustración, reflexiona: cuando todo estaba jodido, no había de qué preocuparse. Mejor que todo esté jodido. Así, no importa si se jode un poco más.
28 de marzo de 2011
Sueño XXXVII: Volver a verla marchar
La noche le trajo el breve pero intenso regalo de volver a verla; un presente de amor y ternura, envenenado con la certeza de que, cuando llegó, ya estaba marchándose otra vez. El despertar le concedió el alivio de saber que sólo había sido un sueño. La vigilia firme le abofeteó el corazón al recordarle que hacía tiempo que se había ido para no volver jamás... pero quedándose para siempre.
24 de marzo de 2011
Sueño XXXVI: Pesadillas antiguas
Otra vez dos iguales. Dos seguidas. Y ya van unas cuantas!
Otra vez los cambios del hogar, aunque no recuerda Loto haber pasado nunca la madrugada en esa misma casa. Dos plantas vetustas, rancias, de sofás de polipiel y alfombras con escenas de caza. ¡Cuánto trabajo por hacer! ¡Cuánto por redecorar!
Y otra vez el boletín sin papeles, pero esta vez en mitad del campo. Todo listo para "las en punto” y, cuando suena el último “pí”, el "pí" largo, los papeles no aparecen por ningún lado ¡Cuánto tartamudeo! ¡Cuánta angustia vieja!
¡Qué cansancio de recurrencias!
Otra vez los cambios del hogar, aunque no recuerda Loto haber pasado nunca la madrugada en esa misma casa. Dos plantas vetustas, rancias, de sofás de polipiel y alfombras con escenas de caza. ¡Cuánto trabajo por hacer! ¡Cuánto por redecorar!
Y otra vez el boletín sin papeles, pero esta vez en mitad del campo. Todo listo para "las en punto” y, cuando suena el último “pí”, el "pí" largo, los papeles no aparecen por ningún lado ¡Cuánto tartamudeo! ¡Cuánta angustia vieja!
¡Qué cansancio de recurrencias!
9 de marzo de 2011
Sueño XXXV: Flácido recuerdo de droga dura
Ha sido una noche muy larga.
Se ha dilatado 13 años.
Una noche inacabable... buscándolo, tratando de alcanzarlo.
Y cuando la mañana ha puesto fin a esa noche de 4745 días, cuando ha llegado el momento de tenerlo, de disfrutarlo, de poseerlo otra vez… el momento de volver a amarlo… Loto ha recordado lo que olvidó durante la búsqueda: que a los yonquis... no se les pone dura.
Se ha dilatado 13 años.
Una noche inacabable... buscándolo, tratando de alcanzarlo.
Y cuando la mañana ha puesto fin a esa noche de 4745 días, cuando ha llegado el momento de tenerlo, de disfrutarlo, de poseerlo otra vez… el momento de volver a amarlo… Loto ha recordado lo que olvidó durante la búsqueda: que a los yonquis... no se les pone dura.
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