3 de enero de 2012

Borrón y... no habrá más cuenta

Aunque siempre me produjo miedo acercarme porque bastaba mirarla para escuchar el aullido imaginario de la caricia de una uña... nunca dejé de intentarlo.
Me asqueaba el polvillo blanco que dejaba entre mis dedos, en el pelo, en la ropa. Aún así, hice, deshice y rehice, en el tablero verde,  buscando el resultado que quisieron hacerme creer que tenía.  
Armada con el Destructor paño gris en la mano izquierda y la Creadora tiza en la derecha, borré y escribí, una y otra vez, en la pizarra:

      1
   + 1
  _____

Pero... por más que me empeñé, por mucho que traté de convencerme de que tenía que ser como decían... la solución siempre fue la misma: 

      1
   + 1
  _____
      3

No volveré a escuchar el desquiciante chirrido en mis nervios, ni volveré a engorronar de limadura lechosa mis ganas. No haré de nuevo el sacrificio de la suma imposible. Volví a hacer borrón... pero ya no habrá más cuentas. Al menos, no como esa.
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13 de diciembre de 2011

El sueño de otro

Llegó a la gasolinera con su bicicleta. No llevaba escafandra ni chichonera. Sólo unas bermudas y unas chanclas marcaban el paso del buzo. LLevaba una sonrisa que regaló al cielo después de constatar aquel azul tan intenso. La superficie vacía y el aire espeso. Le pidió al guardián del surtidor que le echase algo de combustible, un líquido que, como un batido de fresa, corría por una larga pajita que terminaba en el manillar de la bici. Tras el servicio, solo le separaba de la carretera una visita a la oficina para saldar la cuenta.

Al abrir la puerta encontró un bar de los años 60, con una máquina de música, olor a café recién hecho y una camarera con uniforme de azafata de una compañía aérea. No, no era de la PAN AM, ni de Air Europa, pero llevaba su gorrito caído como “el che”. Ella le vio. Él lo vio venir. Vino poco a poco hasta la barra. No pidió nada. Se miraron un rato… otro, uno más. Ella le marcó la puerta con un gesto mientras sujetaba un cigarro y un mechero en su mano. Él entendió perfectamente que quien le había robado la mirada en un instante le quería de acompañante hasta el final del pitillo.

Al salir no había nada salvo la inmensidad. Ella le puso la mano en el hombro y le marcó el horizonte. Al final de su dedo índice se abrió un desierto de grandes dunas. Las crestas se movían de un lado al otro en una coreografía interminable. El viento golpeaba sus caras y el sol les invitó a mirarse. Sus ojos se cruzaron mientras que el tiempo se detuvo. Solo hubo silencio. El cigarro se consumió sin catar los labios, hasta caer al suelo. Él pasó su mano por la cara de Loto, un nombre que no era inventado, estaba grabado en su uniforme. Con el tacto de sus dedos por su mejilla una sonrisa se fue dibujando poco a poco. Ella buscó con su mano la de él hasta encontrase. Acercaron sus cuerpos. Él sintió el nudo en el estómago. La aguja del amor se clavó en lo más profundo de sus entrañas. Los ojos de ella decían sentir ese rugido.

Del “más allá” surgió una voz infantil, una voz de una niña: “Papa, agua…papa, agua…” El buzo apretó los ojos para no perder ese momento irrepetible. Abrazó a Loto con todas sus fuerzas. Se negó a perder un sueño para una vida, un tren sin más paradas. En ese momento, mientras susurraba un "no me sueltes", sintió la fina boca de Loto junto a su oído… y unas palabras: “no dejaré que despiertes”.
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29 de noviembre de 2011

Sueño XLVI: Dulzura de Western

Invitada por su maestro, Loto adolescente acude a una fiesta de temática Western. Se celebra en una vasta finca boscosa de no sabe qué sierra.
Cariñoso como siempre, aunque hipócrita como nunca, saluda el maestro. Más cariñoso –y sincero- se presenta el homenajeado: el más que maduro hermano mayor.
Se divierten por grupos. Junto al padre, Loto disfruta del vuelo de coches planos de madera que giran unidos por el cielo en sorprendente acrobacia; se sorprende con la tormenta; se empapa en la cascada purificadora que cae cuando se derrumba el techo de la carpa a rayas que hace las veces de cine. Se sacia con la intrigante comida que se ofrece en una aún más intrigante cantina.
Entonces escapa… con el maduro hermano mayor.
En el establo suben a una tabla recta que cuelga, sujeta con dos maromas, del techo. Como a la grupa de un caballo, con las piernas colgando, se sientan uno frente al otro y se balancean… como en un columpio. Y, en cada balanceo,  rejuvenecen las facciones de su compañero. Y, a cada oscilación, crece y se oscurece su pelo… antes corto y cano, ahora largo y negro. Y, con el movimiento, se abre la camisa a cuadros de Loto que deja asomar la turgencia. Y, en cada vaivén, él aprovecha para acariciarla… despacio…  con el miedo de la adolescencia... y...

..y el jodido despertador sonó hoy más pronto que nunca!
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21 de noviembre de 2011

Sueño XLV: Desespperanza onírica

Soñó que sabía que volvería a pasar y que estaba preparada para afrontar lo que habría de ocurrir. Soñó una punzada igual de hiriente cuando, lo que sabía que sucedería, sucedió. Lo que no esperaba, la bofetada más insospechada y cruel le durmió la mejilla cuando se percató de que no había sido un sueño.
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11 de noviembre de 2011

Allá voy Doisneau

No engaña Doisneau cuando afirma que es difícil, pero tranquiliza saber que se pueden abandonar los lugares en los que no se quiere estar.
Ella, gemela de mil sensaciones, paseó su ira bajo el principal-derecha del que escapó consciente de que no volvería jamás.
Loto sigue en el sórdido sótano-izquierda deseando largarse ¡con todas sus fuerzas! para no volver siquiera a pasear su venganza.
Ahora le falta saber que saldrá...
para salir.
Y no le importa que, como a Doisneau, deje cicatriz la huida.

Cierro los ojos y hala...
...allá voy querida.
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10 de noviembre de 2011

A un fantasma dolorido

Querido Charles-Louis:
¡qué estridente y doloroso es tu lamento de ultratumba!

Fue soportable unos meses ese “uuhhh” tuyo suave, sibilino, que llegaba cada noche en forma de aviso que no lograba entender. Pero el miércoles no. El miércoles me hizo polvo. Erizado el bello, gélido el sudor en la frente, me acongojaste cuando, en mitad de la madrugada, gritaste fuerte y nítido: “¡pero... qué estáis haciendooo con lo míoooo!”

Pensé al despertar que había sido un mal sueño, otro más. Cuando, después del café, encendí el cigarro que acompaña a la prensa en el smartphone (otro día te explico)... entonces, lo comprendí todo.

¡Vaya si lo entendí! ¡Cuán justificado era tu alarido! Qué jodido descubrir que lo que durante años intentaron sin éxito los Poderes de tu Estado “nacido para la defensa del hombre y del ciudadano” lo había conseguido en días (en horas quizás) el omnipotente Mercado. Ni el Legislativo -que manipuló con arte el Ejecutor- ni el Judicial -que compró y manejó a su antojo el neotirano- pudieron con él.  Berlusconi anunciaba su próxima dimisión… pero no por sus chanchullos mafiosos ni sus escándalos machistas... ¡no! Se hacía mala la mejor noticia al constatar que ya sólo existe un Ejecutivo que machaca líderes machacando países a los que, por avaricia y capricho, transforma en fango.

Así que, estimado Señor de la Brède: devuélvenos tu Ilustración e ilústranos sobre lo que ha de venir. Tus Poderes Separados, que tanto bien hicieron durante más de dos siglos, ya no pueden con el Poder con el que tu no contabas cuando afirmaste aquello de que “no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia." Reencárnate para que respiremos o, al menos, haz el favor de aparecerte, no a mi, sino a alguno de los líderes que no tenemos.

Entre tanto, venerado Barón de Montesquieu... descansa en paz ¡si puedes!
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7 de noviembre de 2011

Gracias linda

Suave, recién lavada y con olor al suavizante de casa, se me cayó la toalla al agua justo cuando llegaba a nuestro río para pasar el día.
Te pedí que me ayudaras a secarla, tomándola de un extremo, mientras yo la torcía y retorcía.
Juntas conseguimos quitarle un poco de agua, pero no le devolvimos ni el olor ni el tacto que tenía mi toalla recién lavada. Y lo peor: el estrujamiento consiguió retorcerme a mí también y a ti… a ti casi te deja exhausta.
Así que no voy a volver a torcer y retorcer, estrujándome y extenuándote.
Porque, aunque sea tiempo de lluvia y queden demasiadas nubes, ya estoy buscando el sol...
...que saldrá.
Y entonces sé que me harás hueco en tu pareo mientras dejamos que el sol haga el trabajo y nosotras disfrutamos del día en nuestro río y disfutamos... ¡de nosotras!
Gracias linda!
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